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El Carmelo Misionero, en la visión del Padre Palau, debe ser reproducción fiel de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en dimensión comunitaria o fraterna, a través de una intensa vivencia personal del misterio de comunión.
 

 

CARISMA

Identidad de una vocación eclesial

ESPIRITUALIDAD ECLESIAL

El Carisma del Carmelo Misionero nace de la experiencia fundacional del P. Palau. Es una experiencia vital, que se realiza en la totalidad del misterio de la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, y es fruto y don de una fraternidad eclesial .

En esta experiencia de la Iglesia como misterio de comunión, estamos llamadas a vivir la radicalidad evangélica y en ella se configuran con fisionomía caracterizada y unitaria todos los contenidos de nuestra vida religiosa. Cristo, María, la oración y vida teologal, la vida comunitaria, nuestra misión apostólica; en ella reciben dimensión nueva la consagración, los votos… todo como encuentro con Dios.

Una espiritualidad origina y auténtica es vida.

La experiencia carismática del P. Francisco Palau, vivida desde la inspiración teresiano-sanjuanista, ha de ser hoy la verdadera fuerza renovadora de las Carmelitas Misioneras, la gracia que crea y anima a nuestras comunidades, el espíritu que da identidad personal a la Carmelita Misionera.

Carisma fundacional e identidad vocacional – ser y vida, espíritu y misión -, son dos realidades y dos vivencias que coinciden, que se clarifican y complementan a través del ayer y el hoy de una Congregación. El Carisma del fundador va ampliándose y profundizándose a lo largo de la historia con la gracia de todas las Carmelitas Misioneras que, al asumirlo como vocación personal, no sólo lo prolongan sino que lo enriquecen.

ORANTES

 

La Carmelita Misionera ha de ser orante. Porque la oración es exigencia fundamental de nuestro carisma, es alimento y fuente de nuestra vida, necesidad vital de la fraternidad.

Por su dimensión eminentemente eclesial, nuestra oración no puede estar separada de la vida, ha de hacernos sintonizar y vibrar con la Iglesia, con el mundo. En esta oración, comunión con Dios y con la realidad que rodea su existencia, la Carmelita Misionera realiza la síntesis contemplación-oración, tan necesaria en su vida.

La Eucaristía diaria es el centro de la vida de la Carmelita Misionera. En comunidad celebramos “el sacramento de nuestra fe”, hacemos nuestra la oración de Cristo, nos unimos a la Iglesia que “por Él, con Él y en Él” alaba al Señor e intercede por toda la humanidad. La participación en la misma Palabra y Cuerpo del Señor realiza plenamente el misterio de ”comunión” y es la oración más perfecta, porque será la más cristiana y eclesial.

Las Carmelitas Misioneras, estamos llamadas a ser testigos de un Dios en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). La experiencia de Dios en una consagrada - en cuanto vocacionada - nace de una fe que se desarrolla y completa en una donación totalizante que invade todo su ser y obrar.

La vocación y vida de una Carmelita Misionera debe revelar una singular experiencia de Dios en Jesucristo, que se expresa en la consagración religiosa, se vive en la fraternidad y se proyecta en el mundo como señal profética. Esta experiencia de Dios, siguiendo e imitando a Jesucristo, significa para nosotras el proyecto fundamental de nuestra existencia, el polo orientador de todas las actividades, el marco en que se encuadran las demás experiencias de la vida. Desde esta experiencia nos comprometemos a vivir en la Iglesia la vida según el Espíritu de forma radical, con la consagración de todo nuestro ser en pobreza, castidad y obediencia.

FRATERNAS

La comunidad es la expresión que mejor define la identidad personal, el carisma propio, porque se concreta en una forma peculiar de convivencia humana, espiritual y apostólica. Podría decirse que la comunidad es el carisma encarnándose, haciéndose vida cotidiana en unas personas que, reunidas en el nombre del Señor, oran, dialogan y trabajan.

La comunidad es fraternidad. Esta es la sorpresa para una Carmelita Misionera: oírle decir que las comunidades de su Familia Religiosa han de ser “uniones de fraternidad”. Comunidades donde la fraternidad brote como fruto maduro de la experiencia de Dios en intercomunicación de fe, amor y trabajo.

Estamos llamadas a vivir en fraternidad viva, en una comunidad siendo conscientes de que se nos ha dado como don para vivir a pleno nuestra consagración.

La base y la fuerza de una fraternidad auténtica son las mismas que la hacen orante: vivencia de la Eucaristía, interiorización de la Palabra de Dios que lleve a un testimonio auténtico, la soledad con el Señor…

La vocación nos llama a la convivencia fraterna y a la vida comunitaria vivida en un clima de donación, entrega y amor.

MISIONERAS

La proyección apostólica y su continuidad pertenecen al dinamismo de la comunidad religiosa, que es consciente de su consagración-misión y que en fraternidad asume un compromiso eclesial.

Somos misioneras en comunidad, antes y más que cada una de por sí independientemente. El Señor nos envía a la misión diaria desde la comunidad. La comunidad nos envía a la misión en nombre del Señor.

La Carmelita Misionera es la presencia de una vida que anuncia a Cristo y a éste resucitado. Dios se encarnó para redimir al mundo, y nosotras, que hacemos Iglesia, somos continuadoras de la encarnación de Cristo.

Somos “llamadas” e “enviadas” al mundo. Aunque no somos del mundo, estamos en el mundo. Y el mundo que hemos de evangelizar es el nuestro, el de todos.

Nuestra vida, en su totalidad, ha de ser una invitación a la reconciliación y a la justicia, a la fraternidad y al amor; un testimonio profético en medio de una sociedad injusta, individualista…; un compromiso por la libertad integral de la persona.

Nuestra misión no tiene fronteras. Si se trata de ir a un pueblo, ciudad, país distintos es necesario seguir unos caminos y aceptar una exigencias para que nuestra presencia sea verdaderamente evangelizadora: prepararnos especialmente sobre la cultura y modo de ser del lugar donde vamos a evangelizar – idioma, valores peculiares, situación socio-económica, religiosidad, idiosincrasia… -; estar dispuestas a “perder el tiempo” para saber escuchar la voz de ese lugar nuevo, dar una respuesta desde el corazón de esa cultura.

Son diversos los campos de trabajo: educación, salud, pastoral, promoción social… Nuestra actividad misionera es eminentemente eclesial.

 

La Carmelita Misionera va “donde la gloria del Dios la llame” (Fco. Palau).
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