En la isla alterna la vida solitaria y la predicación popular por dicho lugar. Durante estos años no llegan a dominarle ni el abatimiento ni el desaliento. Recompone una vez más la trama de su hilo vocacional: de la soledad contemplativa al servicio apostólico y viceversa. En el fondo, las coordenadas naturales de su vocación carmelitana.
Poco a poco va a tener lugar un proceso de transformación religiosa en la Isla. Tiene como centro de irradiación a María, a la que Francisco ha descubierto como el Icono que encarna la ternura de Dios para con los pequeños y el verdadero rostro de su amada la Iglesia.
Siempre en búsqueda, los últimos años de su vida los emplea en un servicio incondicional a la Iglesia. Las experiencias eclesiales largos años remansadas irrumpen en su espíritu, afloran a su conciencia iluminándola en lo más profundo.
Durante un ciclo de predicación en Ciudadela (Menorca), en noviembre de 1860, se le manifiesta la realidad consoladora del misterio de la Iglesia : Dios y los hombres. Ve cómo su vocación está inserta en esa realidad, que se ofrece como ideal, como objeto supremo y definitivo de su amor. A la Iglesia se entrega con decisión inquebrantable los años que le restan de vida, con una intensa actividad apostólica que abraza campos muy variados. Alumbró una nueva familia religiosa, el Carmelo Misionero, vinculada a la Orden del Carmen.
A primeros de marzo de 1872, se desplaza hasta Calasanz, (Huesca) para seguir empeñado con su opción de atender a los mas postergados y desposeídos de la sociedad de su tiempo: los contagiados por la peste. Lo hace junto a quienes han hecho camino de vida con él.
Tras breve estancia en Barcelona, viaja a Tarragona, donde había establecido la última fundación. Llega enfermo, muere el 20 de marzo de 1872, invocando la presencia de su “Amada la Iglesia.”
Francisco Palau tuvo el don de una rica fisonomía espiritual que es una interpelación permanente para la Iglesia. Como testigo orante es un regalo del Espíritu Santo a la Iglesia. Damos gracias a Dios por él y apuntamos lo más sobresaliente de su testimonio para el mundo de hoy:
Seguidor de Jesucristo.
En toda circunstancia y momento ese fue su norte. Enamorado de Cristo y buscador de sus caminos todo lo que vive lo lee en esta clave. Escuchó una promesa y vivió involucrado en ella.
Carmelita.
Ama intensa y plenamente su consagración religiosa; vive los valores fundamentales del Carmelo teresiano:
Centralidad de la oración y contemplación como vida de comunión con Dios
Cultivo de la vida teologal. La oración como ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad. Lleva a la práctica la fe en Dios teniendo fe en el hermano; la esperanza en Dios esperando en el hermano; el amor a Dios amando al hermano.
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